Pasiones

Resulta paradójica esa deferencia con los símbolos acompañada de ese desprecio con lo simbolizado; cada vez más presente en nuestras calles, pobladas por figuras que se retuercen con el dolor del hambre, de la soledad, del desprecio; seres humanos que ven pasar desde sus hogares de cartón a muñecos cubiertos de lujosas telas sobre plataformas labradas en oro y plata, objetos inertes que reciben atenciones de todo tipo sin condiciones.

A menudo renuevan sus lujosos vestuarios con nuevos y valiosos bordados, duermen a cubierto del frío y del sol y su piel de pintura, falsa y fría, se protege y se limpia como si fuera capaz de sufrir escalofríos o de poblarse de sudor.

Corren tiempos de falsedades (esto no es nuevo). Los viejos mecanismos para controlar las voluntades humanas se solapan con los nuevos hasta lograr que las viejas mentiras y las nuevas formen un todo indisoluble, hipócrita, autocomplaciente, monolítico.

Le llaman fe (cuando la fe es algo sagrado, en especial la que cada uno ha de tener en sí mismo) a una representación beata del vacío, a una lucha por la escala social, por un lugar en la función, por una lujosa mantilla.

Mientras, en este Estado laico que nos ha tocado sufrir, las televisiones alternan las imágenes de esculturas sangrantes de la Semana Santa con las de barrigas que se rellenan de cerveza en la playa más cercana. Si se diera el caso, porque este año también los fieles de la cofradía del chiringuito han visto frustrada su procesión a causa de la lluvia y el frío.

Mientras, en las altas esferas compiten por remodelar un gobierno que está más muerto que muchos de los pasos que han desfilado por las calles estos días y que, a diferencia de ellos, no resucitará en la madrugada del domingo. Ni en la del lunes. Ni en la del martes.

Ellos también han creado sus propios símbolos y su falsa fe.

Ajena a la realidad y al dolor de los vivos que, a diferencia de las estatuas, gritan y huelen mal.

Banality

La publicidad nos hace llorar mientras la vida nos resulta indiferente.
Nuestros perros duermen más tranquilos que sus hijos.
Creemos en lo que no vemos mientras apartamos la mirada para no creer lo que vemos.

Breaking waves

Richard Avedon An Autobiography

Amo la fotografía por su fuerza mágica.
Por su capacidad para conmover emocional e intelectualmente se aproxima más a la música que al cine {que no deja de ser una sucesión de imágenes fijas, una ilusión de movimiento que resumimos en una escena estática, aquella que nos atrapa}. Una melodía puede provocar una emoción de belleza (también la del dolor y la devastación) enorme, pero su lenguaje es más difícil de comprender y no contiene reflexiones intelectuales.
La fotografía lo es todo {lo que quiso ser la pintura} {lo que no puede explicar la poesía} {lo que no pueden aventurar los eruditos} {aquello que no pueden ocultar los gobiernos}.
Es la verdad, la revelación, lo no visto. [Al menos como yo la entiendo, sin artificios, sin premeditaciones, sin la asfixiante presencia del fotógrafo que distorsiona los hechos]. Algo que motiva mi absoluta indiferencia respecto al trabajo de muchos que son tenidos por maestros sin que nadie tenga la valentía de desenmascarar sus trampas.
El poder de una verdadera foto es tan grande que puede cambiar vidas. [Por contra, el hecho de que la mayoría de la sociedad sea funcionalmente ciega y admiradora de mediocres imitadores limita su fuerza].
Este trabajo es un ejercicio de fe. Una liberación.

Añado, aunque sea obvia, la aclaración de que no es Richard Avedon un tramposo. Y que ilustra estas líneas como muestra de admiración.

Antes de ir a dormir

La paciencia nos traiciona {o nosotros a ella}. Porque esperamos, siempre lo hacemos, siempre lo hago, que ocurra algo. Uno es paciente en la espera y trata de mantener la calma; hasta descubrir que no se trata de permanecer quieto y aguardar, sino que el secreto el paciente en la actividad del que logra más que la tranquilidad del que aguarda.
[En realidad la paciencia carece de sentido porque conlleva una expectativa, algo que será]
[Algo que siempre es lo que tiene que ser en un momento dado y, por lo tanto, ajeno a nuestro deseo envuelto en aparente sosiego]

Esperar no es hacer. A no ser que se espere aceptando lo inevitable, en ese momento en el que todo es bienvenido sea cual sea su naturaleza.