Dos de mis imágenes en la Memoria 2006 de Acciona. (pdf)
photographer
Cuando las imágenes incluyen dolor.
Pensamos que un cuerpo roto, acribillado a balazos o mutilado es más veraz que el miedo de una violación, de una degradación moral, de una tortura. El daño no es carnal, no es sólo eso. Quedan las marcas, los mapas físicos, pero es en la profundidad de la mirada donde reside aquello que nos ocultan la mayoría de las fotografías; no en el cadáver del hijo, sino en el corazón de la madre.
El vestido. Los zapatos comprados a última hora por un olvido. Mi inexperiencia haciendo moños. Su vergüenza. Sus primeros pasos como mujer. Su inocencia a salvo.
Intento mostrar lo que veo como lo veo. Creo que soy eso. Alguien que ve. Y yendo más allá, veo lo que es.
Me abruma la literatura fotográfica. Tanta explicación es una trampa. No conozco ninguna imagen valiosa que precise de una justificación. Se puede hablar de lo que dice, no lo de que es.
En cierto sentido, soy un dios. Me disuelvo y soy todas las cosas, las más grandes y las más humildes.
Y ella corre a mi encuentro.
A vueltas con la luz y con las sombras. Camino, se supone, en la dirección opuesta. Aquella en la que todos quedan cegados. Atravieso el resplandor en ese momento fascinante en el que el suelo es un espejo y no hay términos medios. Todo es negro o brillante.
Camino por la ciudad desierta cuando te has ido. Voy sin rumbo fijo, dejándome llevar. Echándote de menos, maldiciendo al tiempo que corre tanto y al sol que brilla. Pienso en tu mirada. Y todo se para, se cubre de belleza, se prepara para esperar un nuevo destello de felicidad.
No hay nadie en la calle. Tú lo llenas noto.
Te miran como si fueras un enfermo. En ese sentido. Como a alguien extraño, que hace cosas anormales, imprevisibles. Viven en esa presunta seguridad de la norma, del común denominador. Observas cómo sufen cuando aseguran ser felices, cómo han enterrado sus sueños en un hueco profundo e inaccesible en el que ya no existen sentimientos propios. Viven vidas ajenas hasta el último momento de sus días, hasta el último suspiro. En el que lo darían todo por poder comenzar de nuevo, de otra manera. Hasta ese segundo en el que ya no te consideran un extraño. Hasta esa eterna fracción de tiempo. Cuando ya les resultas familiar. Cuando ya es tarde.