Breaking waves

Richard Avedon An Autobiography

Amo la fotografía por su fuerza mágica.
Por su capacidad para conmover emocional e intelectualmente se aproxima más a la música que al cine {que no deja de ser una sucesión de imágenes fijas, una ilusión de movimiento que resumimos en una escena estática, aquella que nos atrapa}. Una melodía puede provocar una emoción de belleza (también la del dolor y la devastación) enorme, pero su lenguaje es más difícil de comprender y no contiene reflexiones intelectuales.
La fotografía lo es todo {lo que quiso ser la pintura} {lo que no puede explicar la poesía} {lo que no pueden aventurar los eruditos} {aquello que no pueden ocultar los gobiernos}.
Es la verdad, la revelación, lo no visto. [Al menos como yo la entiendo, sin artificios, sin premeditaciones, sin la asfixiante presencia del fotógrafo que distorsiona los hechos]. Algo que motiva mi absoluta indiferencia respecto al trabajo de muchos que son tenidos por maestros sin que nadie tenga la valentía de desenmascarar sus trampas.
El poder de una verdadera foto es tan grande que puede cambiar vidas. [Por contra, el hecho de que la mayoría de la sociedad sea funcionalmente ciega y admiradora de mediocres imitadores limita su fuerza].
Este trabajo es un ejercicio de fe. Una liberación.

Añado, aunque sea obvia, la aclaración de que no es Richard Avedon un tramposo. Y que ilustra estas líneas como muestra de admiración.

El gran procastinador

Con tan abundante erudición sobre las narices dando vuelta en la imaginación de mi padre; con tan numerosas preocupaciones familiares -y con diez décadas de historias de esta naturaleza por añadidura- ya es hora de preguntarse en deninitiva: la nariz ¿era verdadera o no?

Laurence Sterne
Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy

La Difficulté d´être

Los artistas parecemos obligados a elaborar teorías sobre nosotros mismos. Hasta tal punto que no son pocos quienes acaban devorados por la palabrería, ocultos bajo una montaña de ideas prestadas que intentan parecer originales o complejas, según lo que se pretenda vender. Hubo un tiempo en el que leí todo lo que pude respecto a la fotografía, siguiendo mi patrón para estos casos, muy similar a los rituales de apareamiento aunque exento de ornatos. Cayeron entre mis manos ejemplares de todo tipo, desde aquellos manuales tan útiles con los que aprendías a montar tu laboratorio en un cuarto de baño hasta sesudos ensayos sobre los poderes de la representación de las imágenes, pasando por las impagables opiniones del experto de turno que había probado tal óptica o cual papel baritado.
No creo haber retenido demasiada información, salvo la que leí en las imágenes que dejaron huella en mi alma y sobre las que poco o nada puedo decir dado que la palabra y la fotografía son magnitudes complementarias, pero no equivalentes. Se trata de lenguajes distintos.
Ver y disparar. Es la única teoría que me permito.
Y releer a los que siempre leí. Al viejo Jean Cocteau en la plenitud de su ocaso.

Tener dotes es perderse si no se ven las cosas claras con tiempo suficiente para enderezar las cuestas y no bajarlas todas.