Pues ya me dirás de que escribe uno en una jornada como la presente si no es del asunto del voto. No es que la campaña electoral haya sido nada del otro jueves, ni del otro martes. No se sabe si ha sido campaña o paté de ídem. Bah, no se crean, todas las campañas son parecidas o iguales, con sus insultos y sus escándalos precocinados y envasados al vacío. No se sabe más que lo de siempre, que si hace calorcillo nos perderemos por alguna playa a sestear después de la paella o nos encerraremos a ver la última aventura de Jack Sparrow, que ese si es un personaje con tirón popular y muy político, en realidad, un mentiroso compulsivo, gracioso, juguetón y carnal (por no decir putero y que se ofenda alguien; Disney ya no es lo que era).
Yo no sigo mucho ni las campañas ni los patés, pero me encanta decirles a los demás lo que tienen que hacer. Además, algunos hasta me pagan por ello. Es que son un rollo, pura y llanamente, en el que hace tiempo se perdieron la frescura y eso que los del norte llaman el “savoir faire” y que, básicamente, consiste en aplicar una serie de conocimientos al desempeño de una tarea concreta. Lo hemos reemplazado por el savoir faire la má, que es nuestra aportación a la cultura universal y cuya definición es una mezcla entre la clásica chapuza de antaño, los pelotazos más o menos elaborados y un discurso tan simple que raya lo prerrománico.
Pero hemos de reflexionar. Hoy es el día. Que es como cualquier día de esos que celebramos a diario, el sin humo, el sin vehículos o el día internacional de los vestidos de flores. No hay más que salir a la calle, se ve a la gente reflexionando por doquier, ultimando los preparativos de una sesuda decisión trascendental, estableciendo los parámetros de una sabia decisión que cambiará el destino del mundo y los hará mejor. No hay más que darse una vuelta o dos. Y observar cómo funciona este asunto con el que tanto nos calientan la cabeza, con el que tanto nos persiguen, con el que quieren que nos sintamos importantes una día cada cuatro años.
Somos flor de veinticuatro horas. Una vez hemos dicho algo, nos meten en el frasco y hasta la próxima.
Y eso sería todo, saludos cordiales.
Published on mayo 26, 2007 2:03 pm.
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Ya no entro en detalles de la campaña electoral. Cada uno tiene su punto de vista. Y, la verdad, es que asisto a este espectáculo con el mismo interés que un elefante a una convención de manicuras. Díganme snob si quieren. Que hace tiempo que ya me da igual todo eso. Ya no entro en que si el Fabra es o no un trincón o que si los otros unos zarrapastrosos del diez. Ya dirán los jueces lo que tengan que decir, que para eso cobran. Hay, en cambio, algo que me molesta profundamente. Y es el uso cursi, descafeinado, así de rollo curita progre o de monja roja, del término solidaridad. Vamos, que cuando uno de nuestros políticos habla del asunto me pongo malo, porque destila ese voluntarismo infantil de las colectas para los chinitos y no deja de ser un recurso fácil, amigable, para el fomento de causas políticamente correctas a las que sumarse o borrarse de manera circunstancial.
Me repelen los solidarios de recursos ajenos. Vivimos en eso que dicen estado de derecho y, por lo tanto, en una organización que sostenemos para que sea justa, no para que reparta donativos a los desfavorecidos. En esa borrosa frontera terminológica en la que nos han envuelto, parece que algunos derechos son una gracia de los poderosos y que las leyes son cuestión de sentimientos. Por ejemplo, los jóvenes no necesitan solidaridad sino pisos baratos y, cuando los reclaman, parecen estar pidiendo un favor; los pobres no precisan de recaudaciones benéficas, las mujeres maltratadas no necesitan héroes que salven sus afrentas. Sólo justicia. Porque la solidaridad es una cuestión privada, personal, moral; no un asunto que hayan de podrir los oradores en un mitin, como si hablaran del amor. Que a eso llegaremos. Nos prometerán amor. Ya lo hacen. Nos jurarán bondad, buenos sentimientos y ausencia de malicia. Es el discurso en el que se presenta a los tarugos como buenos chicos y a los brillantes como seres peligrosos a los que hay que apartar del camino. Es el mundo del tonto útil con el que hay que ser compasivo.
Mejor cada cosa en su sitio. Aunque sea en la cárcel. Donde hay muchos con los que nadie fue justo, pero a los que se prometieron toneladas de solidaridad que se perdieron en algún confesionario.
Published on mayo 19, 2007 1:54 pm.
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Es probable que ver a los políticos solicitando apoyos ciudadanos sea uno de los espectáculos menos edificantes a disposición del público. Las campañas electorales son tremendas, siguiendo aquella opinión del viejo Adenauer, que lo tenía claro, como buen alemán, cuando decía que en la política lo importante no es tener razón sino que te la den. Y eso quieren, que se la demos. Para ello, cualquier argumento es válido, cualquier estrategia sirve. Convivimos con polos paradójicos, tenemos que cerrar un colegio porque está infestado de pulgas y el mismo día nos anuncian que tendremos un gran premio de Fórmula 1. Convivimos con promesas notariales y con actuaciones de mala nota. En esta ciudad les da ahora por firmar papeles mojados. Como si dentro de un tiempo alguien fuera a denunciar a un alcalde por incumplimiento de contrato.
Resulta gracioso. Nadie se conforma con lo normal. Vivimos en un lugar caótico, urbanizado con las orejas, sin dotaciones, con un transporte público que da risa, una sanidad en crisis, una administración podrida por el clientelismo y no nos prometen que esto va a terminar. No, nos dicen que esto va a ser la leche, la gran ciudad, el gran “referente” (odio la palabra referente). Resulta sorprendente. Todo suena cada vez más pueblerino, más acomplejado, más triste y más impermeable a las críticas. Esto es una cuestión de fe. O tragas o mueres.
Hablan de ilusión. Qué cosas. Y de eso de sentirse orgulloso de ser de un lugar concreto. Vaya argumentos. No saben ni hacer anuncios, ni poner una coma. Por ejemplo, piden el voto para Alberto Alcalde, que no se presenta en ninguna lista y lo mismo gana, todo es posible con estos excesos de confianza en los que lo posible se da por supuesto y el futuro por presente. Dicen “Calles, si”. En el polo opuesto. Uno oculta el apellido (razones hay) y otro lo presenta en sociedad porque juanmas hay muchos y a ti te encontré…pero, claro, las calles son necesarias. No se podría promover un “Fabra, alcalde” (jugando a enredar) o un “Calles, no” (prometiendo grandes avenidas).
Y quieren que les demos la razón. No lo olviden.
Y eso sería todo; saludos cordiales.
Published on mayo 12, 2007 12:00 pm.
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Los discursos son muy bonitos. No todos, algunos. Existe un modelo, más o menos establecido. Unas palabras que han de ser mezcladas con habilidad y labia para conseguir que el auditorio se derrita y asienta con la cabeza o con lo que sea. Hay tipos especialistas en darle al pico. Vivimos en un mundo especializado. Pero el problema de los discursos comienzan cuando acaban. Porque el rollo ya nos lo conocemos y a la tercera dosis, hasta al azúcar cansa. Hay tipos que te venden hasta el humo. Estamos en plena campaña, con las carreteras llenas de caretos de políticos con pose mística y sonrisa del día del padre por más que tengan pocas habilidades oratorias, o ninguna para ser exactos. La mayoría, para qué engañarnos. Por eso, cuando aparece uno con fluidez ante los micrófonos, llámese Colomer, por poner un ejemplo, la cosa cambia. Aunque es una primera impresión. Y luego es una rasca y gana. Siempre tienes que seguir probando suerte porque el premio no existe. Pasan los años y lo que parecía un mensaje es una matraca insoportable, lo que se asemejaba a una idea es un disco rayado que gira y gira sin producir más que un sonido repetitivo, agotador, vacío. Y todo se iguala.
Porque las palabras no son nada. Ellos, digamos Ricardo Costa, por poner un ejemplo, enchufan el rollo prediseñado y hacen como que se lo creen, lo mismo que nosotros hacemos como que escuchamos, con lo cual ni unos hablan ni los otros oyen, ni a unos les importa ni a otros les interesa. Viven de eso. Y si están los del discurso hueco estarán los del discurso vacío. Está todo tan gastado que ya no cuela, está el diccionario tan estirado que ya no contiene más que silencios y neologismos de consumo rápido con los que ocultan las expresiones que no se pueden decir porque queda fea. Ya no hay mentiras, sino gente que falta a la verdad; ya no existen delincuentes sino señores que faltan a la justicia. Y a este paso, cuando uno se muera habrá faltado a la vida, como ellos faltan a la sinceridad y al sentido del humor. Como faltan a los discursos, que algún día se dedicaron a expresar lo que se piensa y lo que se siente para acabar siendo lo contrario de lo mismo. Pero al revés. Más o menos.
Published on mayo 5, 2007 12:08 pm.
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