Fragile

La fotografía es el arte de la pobreza.

Crónica

Deduzco de lo que leo en ocasiones a ciertos fotógrafos (no por lo que escriben) (por lo que hacen). Existen varios niveles. Uno infantil, en el que se sacan la chorra para ver quién mea más alto. Enseñan sus equipos. Algo ridículo y vergonzoso. Otro adolescente, en el que confunden la técnica con el resultado mientras sus colegas alaban el resultado de unas imágenes lamentables; algo que engorda sus egos y les hace profundizar en los errores. Otro adulto, en el que se cita a los grandes maestros mientras se espera con falsa modestia a que aparezca la luz del estilo propio.
Casi me atrevo a decir que no hay nada menos fotográfico que los medios especializados.
(La naturaleza está fuera de lo natural)
En realidad tendrían que estudiar Filosofía para comprender que no se trata de lo que hay delante, sino de lo que está detrás.
De lo que se manifiesta.

El inexplicable Alfred

El inexplicable Alfred

La diferencia entre un gran fotógrafo y alguien que simplemente hace una foto radica en la capacidad para explicar lo inexplicable. Como tal, cuando observamos una fotografía de esas características sabemos que contiene algo especial, con una fuerza equivalente a la dificultad para definir con exactitud de qué se trata. Algo que a menudo han olvidado los teóricos de la imagen, comisarios, galeristas y críticos de todo tipo (embriagados de explicaciones cabalísticas sobre las intenciones de los artistas) es que por muy loables que hayan sido los principios, las fotografías tienen su propia personalidad y se expresan por sus propios medios. Los desastrosos caminos hacia los que las tendencias artísticas contemporáneas han arrastrado a la fotografía tienen más que ver con un esteticismo vacío (también con la promoción de mensajes sin compromiso y sin crítica) que con un conocimiento real de su praxis. En este contexto degradante todo es posible, en especial confundir el medio con el soporte. Supongamos que se considerara todo lo impreso es literatura o todo lo cantado música. En contra de lo que la mayoría cree la entrada de la fotografía en el mundo comercial del arte sólo ha servido para subir de nivel a mediocres camarógrafos que nunca hubieran logrado contar una historia con imágenes en otros entornos (y siguen sin hacerlo, aunque lujosos libros detallen sus andaduras por la senda del tedio).

Alfred Stieglitz es, después de esta larga y tal vez innecesaria introducción. un grande entre los grandes. Y de quien quería hablar, como artista al que admiro profundamente y como referencia (tal vez la más importante) para mi trabajo. Alfred tuvo algo único, un don que algunos poseyeron antes y otros después, y que transforma sus imágenes en hechos excepcionales aunque en apariencia no lo sean. Si observamos, por poner unos ejemplos, fotografías como este retrato de la pintora Georgia O´Keeffe, el gran amor de su vida, o imágenes como A Snapshot: Paris, The Hand of Man o Dirigible asistimos al gran milagro de los grandes fotógrafos, ver donde otros están ciegos, mostrar la verdad; incluso en lo aparentemente simple, el rostro de la mujer amada o la gente andando por la calle. Stieglitz desaparece tras la cámara y a través de sus ojos sentimos la realidad de una forma nueva que nos emociona.

Su obra es enorme y llena de matices porque además fue un pionero en muchas técnicas y estéticas. Merece la pena ver algunas de ellas (aunque sea con las limitaciones que impone la tecnología virtual).

These are photographs that speak about the intoxicating desire Stieglitz felt for O’Keeffe, the allure of her physical presence, and the profound, palpable impact that one person can have on another.
Sarah Greenough

Portraits of Georgia O´Keefe. Victoria and Albert Museum
Stieglitz Collection. George Eastman House
Alfred Stieglitz: De la vanguardia al cuerpo de mujer. Por Marisol Romo.

La ventana borrosa

La ventana borrosa

Las inquietantes ochocientas fotografías que Francesca Woodman (Denver, 1958-Nueva York, 1981) logró tomar en su breve vida son administradas con celo y cuentagotas por sus padres desde que decidiera poner fin a su vida saltando por una ventana. Todo en ella fue fugaz y hermoso, su deseo de huir, sus obsesiones, su figura borrosa. La técnica de Francesca {aunque no es lo que muchos considerarían una virtuosa} ha sido para mi una inspiración: luz natural, velocidades lentas y ventanas. Me gusta mirar sus fotos pensando que vive. Imágenes como Y un día más desperté sola en estas sillas blancas adquieren otro significado. Tengo la sensación de que los tópicos hacen mucho daño a sus fotografías, aunque es evidente que trataba de investigar sobre su dolor y de comprenderlo, ya que va más allá y pisa terrenos comunes al resto, aborda preguntas que todos nos hemos hecho, muestra miedos que todos hemos tenido. Francesca fue una gran psicóloga que jugaba con la identidad y con los símbolos. A la vez, se trata de una antifotógrafa que se mueve en el terreno de la libertad, de las referencias de todo tipo. Imágenes románticas, surrealistas o visionarias.

No soy un teórico de la fotografía. De hecho, no me interesan nada las explicaciones. Las palabras hacen mucho daño a la imagen porque ésta ya tiene su propio lenguaje y no encuentra acomodo en la expresión verbal. No se debe teorizar sobre una imagen, es como pretender escuchar con la boca. Siempre que alguien explica a otro lo que está viendo intuyo que me hallo en presencia de dos ciegos describiendo colores (y probablemente ellos serían más certeros). Se debe, en cambio, mirar. Imágenes tan inquietantes como Self portrait at thirteen, Angel Series o Yet, Another Leaden Sky.

Ideales victorianos

Ideales victorianos

La obra de Gertrude Käsebier nos es muy extensa. Una mujer casada, con tres hijos, que comienza a tomar fotografías cuando se acerca a los cuarenta años de edad. Estamos en los años finales del siglo XIX y en los comienzos de la compleja lucha de la fotografía por ser considerada arte, tarea en la que destacó Alfred Stieglitz quien, además, descubrió trabajos fantásticos como el de Käsebier. Sus fotografías son exquisitas, llenas de sensibilidad, de ideales femeninos de la época en los que se mezclan la maternidad, el hogar y una representación de la vida que muchos pueden encontrar almibarada. Pero sobre esta apariencia Käsebier construye historias llenas de fuerza y extrae de la luz, las siluetas y los rostros de los personajes que retrata mucho más de lo que parece. Imágenes como The Manger, con una luz simplemente mágica o The Red Man nos muestran a una artista singular. He elegido para ilustrar estas líneas el que con toda probabilidad es su retrato más conocido, titulado Miss N; una obra de la que poco puede decirse que no exprese ya, un retrato explosivo que conjuga todas las bellezas del espíritu y las de la carne.

Breaking waves

Breaking waves

Amo la fotografía por su fuerza mágica.
Por su capacidad para conmover emocional e intelectualmente se aproxima más a la música que al cine {que no deja de ser una sucesión de imágenes fijas, una ilusión de movimiento que resumimos en una escena estática, aquella que nos atrapa}. Una melodía puede provocar una emoción de belleza (también la del dolor y la devastación) enorme, pero su lenguaje es más difícil de comprender y no contiene reflexiones intelectuales.
La fotografía lo es todo {lo que quiso ser la pintura} {lo que no puede explicar la poesía} {lo que no pueden aventurar los eruditos} {aquello que no pueden ocultar los gobiernos}.
Es la verdad, la revelación, lo no visto. [Al menos como yo la entiendo, sin artificios, sin premeditaciones, sin la asfixiante presencia del fotógrafo que distorsiona los hechos]. Algo que motiva mi absoluta indiferencia respecto al trabajo de muchos que son tenidos por maestros sin que nadie tenga la valentía de desenmascarar sus trampas.
El poder de una verdadera foto es tan grande que puede cambiar vidas. [Por contra, el hecho de que la mayoría de la sociedad sea funcionalmente ciega y admiradora de mediocres imitadores limita su fuerza].
Este trabajo es un ejercicio de fe. Una liberación.

Añado, aunque sea obvia, la aclaración de que no es Richard Avedon un tramposo. Y que ilustra estas líneas como muestra de admiración.

Ortiz Echagüe

Tiene razón Carlos Spottorno, con quien en otras tantas cosas no estoy de acuerdo, en reclamar un trato justo para la gran obra de Ortiz Echagüe. Uno de los grandes fotógrafos de todos los tiempos. Carlos explica muy bien las virtudes del maestro, así que me ahorro la innecesaria glosa. Aunque enseguida me asaltan las dudas, que tienen que ver, en primer lugar, con los caprichos de los dictados modernos en lo que respecta a la escasa presencia de Ortiz Echagüe en el imaginario contemporáneo y, en segundo, con el hecho de que su obra esté en manos de la pacata Universidad de Navarra, quien sólo muestra en su web algunas vidas de santos.

Siempre la religión…como excusa para el desprecio injusto o para el aprecio innecesario.

Y algo que me excita. Las imágenes vencen a todos sus enemigos y el genio reclama su momento por encima de ideologías

Terminologías

No me deja de sorprender lo que ocurre con la fotografía en nuestros días. Cómo ha caído tan bajo siendo confundida con el mero soporte o con la técnica que permite lograr una imagen fija. Se llama fotografía a cualquier cosa para la que se ha empleado un papel fotográfico. Y a veces ni eso.

Hay quien opina que cómo se llame a las cosas carece de importancia. Y, en realidad, lo es todo. Denominar fotografía a algo que no lo es resta valor a las verdaderas fotografías. Como considerar cierto un bulo o amor un polvo de casa de putas.