Mecanismo

No es nada nuevo esto de ver a diputados y senadores sentados en una mesa ante un aburrido grupo de periodistas, que son siempre los mismos o parecidos, que hacen como que les interesa el asunto y a veces ya ni eso, y a los que intentan explicar que trabajan mucho para salvar a la galaxia de futuras invasiones. Han de justificar el sueldo y las dietas, se ve. Porque ya me dirán lo que pintan en el Congreso y en Senado los de Castellón. Lo mismo que los de Soria o los de Albacete, dicho sea con el mayor de los respetos para todos los vecinos de Zamora.
Hace mucho que eso que llaman democracia quedó reducido a un mero formalismo. De hecho lo es, y los que calientan los bancos por aquellos lares no dejan de ser parte de los que el señorito de turno quiere tener mantenidos a costa del erario público. Porque, a las pruebas me remito y no me hagan dar nombres, no hace falta ser un lince para ocupar un escaño. En realidad basta con tener culo, que es la condición por antonomasia. También con saber leer y escribir, porque se han de formular muchas preguntas al ministro que te haya tocado en la porra de comisiones, puedes inquirir cómo van las obras del kilómetro tres y pico de la carretera comarcal que une tu pueblo con el de tu primo, o porqué el Gobierno no destina dinero al cultivo de las setas favoritas de tu tía (conocidas por su valores y fundamentales que sostener el turismo en una comarca de dos habitantes). Por preguntar, puedes preguntar lo que salga de la susodicha parte (iba de decir de los huevos, pero desde que hay ministra de igualdades me da reparo).
Luego, y esta parte es importante, tienes que recopilar las respuestas, que te sirven para poner a parir a los que mandan o para alabar su maravillosa labor, según seas de un bando u otro. Por eso, si gobiernan los tuyos no está mal visto que les preguntes chorradas para quedar bien; y si estás en la oposición que las hagas a mala leche, a ver si pillas al ministro en un renuncio y te ganas un titular a una columna en un periódico que sólo lee tu familia. Con esos papeles basta. Después ya vienen los periodistas y rematan la faena. Que son muy majos.

Pasta

Nos debatimos entre las ayudas a la procreación y los dentífricos chinos tóxicos. 2.500 euros por niño. Zapatero le empieza a pillar el tranquillo al asunto. Dar pasta resulta rentable, es lo que reclama el ciudadano, unas perrillas para ir dejando niños por doquier, ni vales descuento ni regalo seguro; en efectivo. A la gente le encanta que le den cosas. Le dan Colgate chino o de vete a saber y lo mismo sigue sin cepillarse los dientes, así que todos tranquilos, los que viven del implante y los que colocan aparatos a diestro y siniestro. Que hoy en día si no llevas aparato no eres nada, una buena dentadura metálica es lo más. Y con 2.500 no pagas ni las visitas.
Con la financiación infantil a Rajoy se le ha quedado cara de cebolleta en vinagre. Ya me dirán, pero creo que se acerca el fin de su carrera. Lo que son las cosas. Agarrado al clavo ardiendo de la conspiración, se le fue el discurso por las cañerías; le metieron el gol de los 2.500, que es lo que el personal quería oír, y ahora la ponen a unos cuantos ministros guapos y con tirón. Paradojas del destino: la pervivencia del terrorismo es ahora su única esperanza electoral.
Y otra cosa que ha hecho el presidente. Nos envía a Jordi a arreglar el desaguisado socialista. Vaya marrón. A la sombra del ministerio hace un frío que te pelas y, la verdad, en la vida política pesa todo menos ser ex algo; ser ex algo es lo peor. Porque dirás lo que dirás, pero el resultado suele ser que ni puto caso. A ver cómo se encaja a Sevilla en el asunto, por dónde le mete mano y en base a qué. Una cosa es que Pla esté acabado, que lo estuvo antes de inventarse la ortodoncia, y otra es que le vayan a poner la alfombra al señorito para que recambie a su antojo. Estas operaciones nunca salieron del todo bien y, en parte, el descalabro tiene su origen en aquellos lejanos días en que Lerma y Ciscar se juraron amor eterno a navajazos. O, sin ir más lejos, por ahí anda Zaplana, que se quedó sin feudo, sin vasallos y que tampoco podrá tener hijos con Rajoy.
Pero no se preocupen. Que hay tiempo y pasta de dientes para todos.

El daño

Me encanta eso de dañar la imagen como argumento de defensa. Mola. Es un artilugio multiusos que sirve para todo. Si denuncias que un tipo anda trincando dinero público, tate, ya estás dañando la imagen; si la cosa es de favoritismos, digamos familiares, lo mismo; y si pones a caldo el urbanismo mediterráneo de última hornada, bueno, eso ya es dañar de verdad con todas las de la ley. Es lo que tiene esta derecha, lo mismo que tuvo aquella izquierda, que a fuerza de restregar el sillón con el culo les parece que todo el trasero es sofá.
Una vez se sobrepasa esa delgada línea, estamos perdidos. Que en este país cada uno es libre de criticar lo que le venga en gana. Y más el asunto de las superurbanizaciones golfísticas que tanto juego están dando y que, en fin, no hace falta ser muy listo para intuir cómo se han tejido y el daño que están causando a la imagen de la Comunidad Valenciana. Por eso mola el argumento, porque es inverso. El que daña acusa al otro de dañar. Como en la vida misma. Eso nos suena a todos, que hay gentes que te arrean un mamporro y luego esperan que les pidas perdón. Conozco yo unos cuantos casos que les pondrían los pelos de punta, pero no me gusta dañar la imagen de nadie que luego me acuse de dañar su imagen; entras en un bucle estúpido y el final acabas beneficiando la imagen de otro que pasaba por allí y se lleva los mejores momentos de tu vida. Bueno, que es un lío.
Ahora, lo que es pensado, está muy pensado el mecanismo. Yo les pongo un ejemplo a modo de metáfora o de lo que cada cual tenga a bien entender. El otro día paso por delante de las oficinas de Marina D´Or en Madrid, en la calle Príncipe de Vergara. Me suena que las inauguraron a bombo y platillo. Me llamó la atención una pegatina sobre el escaparate en la que se advertía que el local ha sido precintado por incumplir alguna normativa. Supongo que carece de licencia de actividad. Como retirar ese aviso es ilegal, graciosamente han puesto a su lado un cartel en el que se dice que aquello está “cerrado por reformas”.
Lo mismo me he pasado haciendo daño.

Despertares

Se avecinan esos días terribles. Cuando parece quedar clausurada la temporada, pululan los niños como moscas una vez llegado el horario estival, y nuestras vidas entran en una especie de modorra comunitarias. Los costeños, al contrario que los osos, pasamos el letargo durante los calores. Nos metemos en un recipiente fresco y si te he visto no me acuerdo.
Se avecinan días terribles por asuntos que nos atañen a todos, seamos de aquí o de allá, y eso nos va a mantener en vilo. Y también días de fiesta. Que ahí es donde somos una potencia mundial. Bueno, no hacemos mal los azulejos y nos salen un montón de naranjas de la tierra. Pero, dicho todo esto, que no es mucho, tal vez no sea nada, no consigo quitarme a Joan Ignasi Pla de la mente. El cerebro tiene esas cosas. Se levanta uno un sábado pensando en eso. Otros días planeas lo que vas a hacer, maldices tu mala memoria porque no encuentras tus calcetines favoritos, se han terminado los cereales con chocolate o se te ha colado una camiseta blanca en la colada de color.
Llevó un par de horas intentando expulsar de mi mente a Pla y el tío se resiste como un campeón. No sé qué hace ahí, ni quién le ha invitado, pero se me ha instalado como un liquen. Y todo porque me pongo en su lugar. Les das el dedo y se te comen el brazo, ya se sabe. En su sitio, lo mejor, es dejar vía libre. Este tedio socialístico es insoportable. Se lo digo, “Joan Ignasi…abandona mi lóbulo frontal”. Pero como si nada. Y le insisto. Entonces me ataca la Escudero con un teléfono móvil chapado de cristales de swarovski mientras Colomer me suelta un rollo sobre la paz y el talante entre las tribus del sur del Indostán donde, por lo visto, son muy apreciadas.
Les digo que de eso no se nada. Que yo estaba tranquilamente esperando la llegada de la hibernación estival costeña y, de pronto, se me ha ocurrido que si yo fuera él me subiría a un tren o a un avión. Pero, vamos, que tampoco tiene el asunto mayor relevancia y no se lo han de tomar como algo personal.
A fin de cuentas, ya estamos acostumbrados a perder el hilo de todas las conversaciones sin que se nos note demasiado.

Savoir faire

Pues ya me dirás de que escribe uno en una jornada como la presente si no es del asunto del voto. No es que la campaña electoral haya sido nada del otro jueves, ni del otro martes. No se sabe si ha sido campaña o paté de ídem. Bah, no se crean, todas las campañas son parecidas o iguales, con  sus insultos y sus escándalos precocinados y envasados al vacío. No se sabe más que lo de siempre, que si hace calorcillo nos perderemos por alguna playa a sestear después de la paella o nos encerraremos a ver la última aventura de Jack Sparrow, que ese si es un personaje con tirón popular y muy político, en realidad, un mentiroso compulsivo, gracioso, juguetón y carnal (por no decir putero y que se ofenda alguien; Disney ya no es lo que era).
Yo no sigo mucho ni las campañas ni los patés, pero me encanta decirles a los demás lo que tienen que hacer. Además, algunos hasta me pagan por ello. Es que son un rollo, pura y llanamente, en el que hace tiempo se perdieron la frescura y eso que los del norte llaman el “savoir faire” y que, básicamente, consiste en  aplicar una serie de conocimientos al desempeño de una tarea concreta. Lo hemos reemplazado por el savoir faire la má, que es nuestra aportación a la cultura universal y cuya definición es una mezcla entre la clásica chapuza de antaño, los pelotazos más o menos elaborados y un discurso tan simple que raya lo prerrománico.
Pero hemos de reflexionar. Hoy es el día. Que es como cualquier día de esos que celebramos a diario, el sin humo, el sin vehículos o el día internacional de los vestidos de flores. No hay más que salir a la calle, se ve a la gente reflexionando por doquier, ultimando los preparativos de una sesuda decisión trascendental, estableciendo los parámetros de una sabia decisión que cambiará el destino del mundo y los hará mejor. No hay más que darse una vuelta o dos. Y observar cómo funciona este asunto con el que tanto nos calientan la cabeza, con el que tanto nos persiguen, con el que quieren que nos sintamos importantes una día cada cuatro años.
Somos flor de veinticuatro horas. Una vez hemos dicho algo, nos meten en el frasco y hasta la próxima.
Y eso sería todo, saludos cordiales.

solidaridad

solidaridad

Ya no entro en detalles de la campaña electoral. Cada uno tiene su punto de vista. Y, la verdad, es que asisto a este espectáculo con el mismo interés que un elefante a una convención de manicuras. Díganme snob si quieren. Que hace tiempo que ya me da igual todo eso. Ya no entro en que si el Fabra es o no un trincón o que si los otros unos zarrapastrosos del diez. Ya dirán los jueces lo que tengan que decir, que para eso cobran. Hay, en cambio, algo que me molesta profundamente. Y es el uso cursi, descafeinado, así de rollo curita progre o de monja roja, del término solidaridad. Vamos, que cuando uno de nuestros políticos habla del asunto me pongo malo, porque destila ese voluntarismo infantil de las colectas para los chinitos y no deja de ser un recurso fácil, amigable, para el fomento de causas políticamente correctas a las que sumarse o borrarse de manera circunstancial.

Me repelen los solidarios de recursos ajenos. Vivimos en eso que dicen estado de derecho y, por lo tanto, en una organización que sostenemos para que sea justa, no para que reparta donativos a los desfavorecidos. En esa borrosa frontera terminológica en la que nos han envuelto, parece que algunos derechos son una gracia de los poderosos y que las leyes son cuestión de sentimientos. Por ejemplo, los jóvenes no necesitan solidaridad sino pisos baratos y, cuando los reclaman, parecen estar pidiendo un favor; los pobres no precisan de recaudaciones benéficas, las mujeres maltratadas no necesitan héroes que salven sus afrentas. Sólo justicia. Porque la solidaridad es una cuestión privada, personal, moral; no un asunto que hayan de podrir los oradores en un mitin, como si hablaran del amor. Que a eso llegaremos. Nos prometerán amor. Ya lo hacen. Nos jurarán bondad, buenos sentimientos y ausencia de malicia. Es el discurso en el que se presenta a los tarugos como buenos chicos y a los brillantes como seres peligrosos a los que hay que apartar del camino. Es el mundo del tonto útil con el que hay que ser compasivo.

Mejor cada cosa en su sitio. Aunque sea en la cárcel. Donde hay muchos con los que nadie fue justo, pero a los que se prometieron toneladas de solidaridad que se perdieron en algún confesionario.

Comas

Es probable que ver a los políticos solicitando apoyos ciudadanos sea uno de los espectáculos menos edificantes a disposición del público. Las campañas electorales son tremendas, siguiendo aquella opinión del viejo Adenauer, que lo tenía claro, como buen alemán, cuando decía que en la política lo importante no es tener razón sino que te la den. Y eso quieren, que se la demos. Para ello, cualquier argumento es válido, cualquier estrategia sirve. Convivimos con polos paradójicos, tenemos que cerrar un colegio porque está infestado de pulgas y el mismo día nos anuncian que tendremos un gran premio de Fórmula 1. Convivimos con promesas notariales y con actuaciones de mala nota. En esta ciudad les da ahora por firmar papeles mojados. Como si dentro de un tiempo alguien fuera a denunciar a un alcalde por incumplimiento de contrato.

Resulta gracioso. Nadie se conforma con lo normal. Vivimos en un lugar caótico, urbanizado con las orejas, sin dotaciones, con un transporte público que da risa, una sanidad en crisis, una administración podrida por el clientelismo y no nos prometen que esto va a terminar. No, nos dicen que esto va a ser la leche, la gran ciudad, el gran “referente” (odio la palabra referente). Resulta sorprendente. Todo suena cada vez más pueblerino, más acomplejado, más triste y más impermeable a las críticas. Esto es una cuestión de fe. O tragas o mueres.

Hablan de ilusión. Qué cosas. Y de eso de sentirse orgulloso de ser de un lugar concreto. Vaya argumentos. No saben ni hacer anuncios, ni poner una coma. Por ejemplo, piden el voto para Alberto Alcalde, que no se presenta en ninguna lista y lo mismo gana, todo es posible con estos excesos de confianza en los que lo posible se da por supuesto y el futuro por presente. Dicen “Calles, si”. En el polo opuesto. Uno oculta el apellido (razones hay) y otro lo presenta en sociedad porque juanmas hay muchos y a ti te encontré…pero, claro, las calles son necesarias. No se podría promover un “Fabra, alcalde” (jugando a enredar) o un “Calles, no” (prometiendo grandes avenidas).

Y quieren que les demos la razón. No lo olviden.

Y eso sería todo; saludos cordiales.

Discursos

Los discursos son muy bonitos. No todos, algunos. Existe un modelo, más o menos establecido. Unas palabras que han de ser mezcladas con habilidad y labia para conseguir que el auditorio se derrita y asienta con la cabeza o con lo que sea. Hay tipos especialistas en darle al pico. Vivimos en un mundo especializado. Pero el problema de los discursos comienzan cuando acaban. Porque el rollo ya nos lo conocemos y a la tercera dosis, hasta al azúcar cansa. Hay tipos que te venden hasta el humo. Estamos en plena campaña, con las carreteras llenas de caretos de políticos con pose mística y sonrisa del día del padre por más que tengan pocas habilidades oratorias, o ninguna para ser exactos. La mayoría, para qué engañarnos. Por eso, cuando aparece uno con fluidez ante los micrófonos, llámese Colomer, por poner un ejemplo, la cosa cambia. Aunque es una primera impresión. Y luego es una rasca y gana. Siempre tienes que seguir probando suerte porque el premio no existe. Pasan los años y lo que parecía un mensaje es una matraca insoportable, lo que se asemejaba a una idea es un disco rayado que gira y gira sin producir más que un sonido repetitivo, agotador, vacío. Y todo se iguala.

Porque las palabras no son nada. Ellos, digamos Ricardo Costa, por poner un ejemplo, enchufan el rollo prediseñado y hacen como que se lo creen, lo mismo que nosotros hacemos como que escuchamos, con lo cual ni unos hablan ni los otros oyen, ni a unos les importa ni a otros les interesa. Viven de eso. Y si están los del discurso hueco estarán los del discurso vacío. Está todo tan gastado que ya no cuela, está el diccionario tan estirado que ya no contiene más que silencios y neologismos de consumo rápido con los que ocultan las expresiones que no se pueden decir porque queda fea. Ya no hay mentiras, sino gente que falta a la verdad; ya no existen delincuentes sino señores que faltan a la justicia. Y a este paso, cuando uno se muera habrá faltado a la vida, como ellos faltan a la sinceridad y al sentido del humor. Como faltan a los discursos, que algún día se dedicaron a expresar lo que se piensa y lo que se siente para acabar siendo lo contrario de lo mismo. Pero al revés. Más o menos.