Pasiones

Resulta paradójica esa deferencia con los símbolos acompañada de ese desprecio con lo simbolizado; cada vez más presente en nuestras calles, pobladas por figuras que se retuercen con el dolor del hambre, de la soledad, del desprecio; seres humanos que ven pasar desde sus hogares de cartón a muñecos cubiertos de lujosas telas sobre plataformas labradas en oro y plata, objetos inertes que reciben atenciones de todo tipo sin condiciones.

A menudo renuevan sus lujosos vestuarios con nuevos y valiosos bordados, duermen a cubierto del frío y del sol y su piel de pintura, falsa y fría, se protege y se limpia como si fuera capaz de sufrir escalofríos o de poblarse de sudor.

Corren tiempos de falsedades (esto no es nuevo). Los viejos mecanismos para controlar las voluntades humanas se solapan con los nuevos hasta lograr que las viejas mentiras y las nuevas formen un todo indisoluble, hipócrita, autocomplaciente, monolítico.

Le llaman fe (cuando la fe es algo sagrado, en especial la que cada uno ha de tener en sí mismo) a una representación beata del vacío, a una lucha por la escala social, por un lugar en la función, por una lujosa mantilla.

Mientras, en este Estado laico que nos ha tocado sufrir, las televisiones alternan las imágenes de esculturas sangrantes de la Semana Santa con las de barrigas que se rellenan de cerveza en la playa más cercana. Si se diera el caso, porque este año también los fieles de la cofradía del chiringuito han visto frustrada su procesión a causa de la lluvia y el frío.

Mientras, en las altas esferas compiten por remodelar un gobierno que está más muerto que muchos de los pasos que han desfilado por las calles estos días y que, a diferencia de ellos, no resucitará en la madrugada del domingo. Ni en la del lunes. Ni en la del martes.

Ellos también han creado sus propios símbolos y su falsa fe.

Ajena a la realidad y al dolor de los vivos que, a diferencia de las estatuas, gritan y huelen mal.

El río

Wave

Baja el río tan podrido que sobra disertar sobre las aguas cristalinas. Cadáveres, bolsas de basura, botellas vacías, pelucas, mercurio, plomo, políticos. Todo flota sobre la corriente o se hunde en algunos tramos para salir a flote unos kilómetros más abajo, en algún lugar en el que se acumulan restos de otros naufragios, donde se mezclan las mierdas y traban amistades que duran poco o mucho, según el caudal de esa temporada. Ya no queda vida en este ecosistema. Hace años que se vio al último animal agonizante mover las branquias sobre el fango y, desde entonces, sólo desperdicios. Hay quien sostiene que nunca el agua fue transparente, otros defienden las virtudes de las distintas gamas del marrón (hasta llegar al negro absoluto) como prueba de pureza. Hemos llegado a ese punto (como drogadictos desesperados) en el que nos basta con un tanto por ciento de verdad mezclada con veneno, a ese nivel de degradación en el que algo puro nos mataría en apenas unos segundos.

Toda esa mugre que ocupa la superficie del río, que se posa sobre su lecho, que enturbia su cauce hasta transformarlo en una cortina opaca, impermeable a la luz, ejerce sobre nosotros una fascinación letal. Nos quedamos horas sobre el puente viendo pasar ese caudal de mentiras, corruptelas, nepotismos y estafas; escuchando los cantos de sirena de quienes, desde la otra orilla, nos llaman a gritos asegurando que nos hemos equivocado de lugar y que si somos capaces de meter los pies en ese caldo repugnante comprobaremos que no lo es, que éramos víctimas de algún tipo de hechizo maligno, que el mundo real es una lucha en la que hay que ensuciar el alma para lavar el traje. Nos quedamos tanto tiempo que podemos comprobar que a este lado quedamos unos pocos. Tal vez seamos unos imbéciles, pensamos en ocasiones. Que estamos señalados y marcados.

Baja el río tan podrido que ya se ha abierto un debate sobre su misma naturaleza. Y uno, al fondo, propone recalificar unos terrenos, construir un nuevo cauce y llamarlo Ciudad de la Transparencia. Con mayúsculas. Que confieren seriedad.

Pienso en el papel

Pienso en el papel. En que lo mismo le quedan un par de telediarios a esa pasta de celulosa convertida en hoja más o menos blanca que tanto placer nos proporciona como lectores, aunque sea como intermediaria, y tantos sinsabores como juntaletras de mayor o menor éxito editorial. Cada día conozco a más gente que se apunta al fin del mundo escrito sobre papel. Aunque es cierto que llevo muchos años metidos en eso que llaman “tecnologías de la información”, metáfora ampulosa donde las haya, y en este mundillo hay muchos interesados en recoger astillas de otros árboles. Gente, como la de los medios impresos, igual de interesante o de imbécil. Según se mire.
Ocurre en la red lo mismo que en el mundo real. Esta es la primera enseñanza que se ha de tener en cuenta. Porque un cable de fibra óptica no nos convierte en más guapos ni alarga el tamaño de nuestros penes. Hay quien cree que si y, después de cientos de intentos por alcanzar el estrellato mundial, se da cuenta de que sigue siendo un perfecto desconocido. Incluso para si mismo. Como siempre, me deslizo hacia otros terrenos.
Les decía algo sobre la desaparición del papel. Dicho con precaución. Lo mismo ocurrió con el papiro o con las piedras talladas a mano. Escribir, desde los primitivos garabatos hasta los moderno garabatos, siempre ha sido una opción para la que han existido medios de todo tipo. Desde la propia sangre de la víctima agonizante que delata la identidad del asesino hasta los aparatos que transforman la presión sobre una tecla en un signo cuya existencia física es un código binario almacenado en un disco duro. Al final va a ser todo cuestión de hábitos. Habrá que sentarse al solecito de la terraza sin papeles bajo el brazo.
Siento pena por mis miles de lectores dominicales, que siguiendo las previsiones más pesimistas (a las que sólo hay que hacer caso a toro pasado) se verán privados de éste  y de todos los periódicos, sumidos en la tristeza de los folletos de propaganda como única fuente de información impresa. Y qué le vamos a hacer. Es lo que hay.

Mecanismo

No es nada nuevo esto de ver a diputados y senadores sentados en una mesa ante un aburrido grupo de periodistas, que son siempre los mismos o parecidos, que hacen como que les interesa el asunto y a veces ya ni eso, y a los que intentan explicar que trabajan mucho para salvar a la galaxia de futuras invasiones. Han de justificar el sueldo y las dietas, se ve. Porque ya me dirán lo que pintan en el Congreso y en Senado los de Castellón. Lo mismo que los de Soria o los de Albacete, dicho sea con el mayor de los respetos para todos los vecinos de Zamora.
Hace mucho que eso que llaman democracia quedó reducido a un mero formalismo. De hecho lo es, y los que calientan los bancos por aquellos lares no dejan de ser parte de los que el señorito de turno quiere tener mantenidos a costa del erario público. Porque, a las pruebas me remito y no me hagan dar nombres, no hace falta ser un lince para ocupar un escaño. En realidad basta con tener culo, que es la condición por antonomasia. También con saber leer y escribir, porque se han de formular muchas preguntas al ministro que te haya tocado en la porra de comisiones, puedes inquirir cómo van las obras del kilómetro tres y pico de la carretera comarcal que une tu pueblo con el de tu primo, o porqué el Gobierno no destina dinero al cultivo de las setas favoritas de tu tía (conocidas por su valores y fundamentales que sostener el turismo en una comarca de dos habitantes). Por preguntar, puedes preguntar lo que salga de la susodicha parte (iba de decir de los huevos, pero desde que hay ministra de igualdades me da reparo).
Luego, y esta parte es importante, tienes que recopilar las respuestas, que te sirven para poner a parir a los que mandan o para alabar su maravillosa labor, según seas de un bando u otro. Por eso, si gobiernan los tuyos no está mal visto que les preguntes chorradas para quedar bien; y si estás en la oposición que las hagas a mala leche, a ver si pillas al ministro en un renuncio y te ganas un titular a una columna en un periódico que sólo lee tu familia. Con esos papeles basta. Después ya vienen los periodistas y rematan la faena. Que son muy majos.

El centro

Nunca he sabido a ciencia cierta qué quieren decir unos y otros cuando se refieren al centro; al centro de qué, me pregunto sin hallar respuesta en ese espacio ficticio donde se supone que se hallan los votos que decantan las contiendas, en esa franja de mutantes que lo mismo tiran para un lado que lo hacen para otro. Porque se trata de obtener votos a través de concepto, como en cualquier venta de producto. Escuchar, a estas alturas, hablar de ideologías produce espanto. Quita, quita. Nadie quiere de eso, qué vulgar, ya no hay, ya no quedan. Eso nos dicen. Y que lo que se lleva es estar centrado para poder meter la pata o la mano (si se tercia) a los dos lados. Recuerdan a Rabelais explicando que la morfología de las narices humanas tiene que ver con la dureza de las tetas de las nodrizas (era cuando todavía se practicaba ese noble oficio); si eran turgentes causaban ciudadanos chatos y si eran blandas los dotaban de armónicos apéndices nasales. Tal vez eso sea el centro al que se refieren. Un lugar en el que meter la nariz entre dos tetas pero en el que no hay nada que succionar.

Ya me dirán si eso es una ideología que merezca la pena ser defendida, una causa noble y altruista, un empeño por el que podamos sentirnos orgullosos, un galón que podamos añadir o un epitafio a gusto del consumidor: “Murió por defender el centro”. Nadie desea semejante y tibia gloria. Los héroes siempre tienen bando y se dan mamporros hasta ganar o perder, no se detienen a pensar cuál será el gusto de la mayoría porque ya lo conocen: todos quieren al que gana. Porque la victoria es el centro y no las pajas mentales sobre cómo atraer a los electores. Se cambian las espadas por los folios (afortunadamente, aunque nadie piense que me refiero a armas verdaderas); luego el papel por las batallas de migas de pan y, finalmente, se dirimen las diputas en una guerra de aguadillas. A eso hemos llegado. A la política lúdica. A verlos lanzarse a la piscina haciendo la bomba y salpicando al resto. Y a debatir, en ocasiones, sobre la idoneidad de la temperatura del agua.

Pasta

Nos debatimos entre las ayudas a la procreación y los dentífricos chinos tóxicos. 2.500 euros por niño. Zapatero le empieza a pillar el tranquillo al asunto. Dar pasta resulta rentable, es lo que reclama el ciudadano, unas perrillas para ir dejando niños por doquier, ni vales descuento ni regalo seguro; en efectivo. A la gente le encanta que le den cosas. Le dan Colgate chino o de vete a saber y lo mismo sigue sin cepillarse los dientes, así que todos tranquilos, los que viven del implante y los que colocan aparatos a diestro y siniestro. Que hoy en día si no llevas aparato no eres nada, una buena dentadura metálica es lo más. Y con 2.500 no pagas ni las visitas.
Con la financiación infantil a Rajoy se le ha quedado cara de cebolleta en vinagre. Ya me dirán, pero creo que se acerca el fin de su carrera. Lo que son las cosas. Agarrado al clavo ardiendo de la conspiración, se le fue el discurso por las cañerías; le metieron el gol de los 2.500, que es lo que el personal quería oír, y ahora la ponen a unos cuantos ministros guapos y con tirón. Paradojas del destino: la pervivencia del terrorismo es ahora su única esperanza electoral.
Y otra cosa que ha hecho el presidente. Nos envía a Jordi a arreglar el desaguisado socialista. Vaya marrón. A la sombra del ministerio hace un frío que te pelas y, la verdad, en la vida política pesa todo menos ser ex algo; ser ex algo es lo peor. Porque dirás lo que dirás, pero el resultado suele ser que ni puto caso. A ver cómo se encaja a Sevilla en el asunto, por dónde le mete mano y en base a qué. Una cosa es que Pla esté acabado, que lo estuvo antes de inventarse la ortodoncia, y otra es que le vayan a poner la alfombra al señorito para que recambie a su antojo. Estas operaciones nunca salieron del todo bien y, en parte, el descalabro tiene su origen en aquellos lejanos días en que Lerma y Ciscar se juraron amor eterno a navajazos. O, sin ir más lejos, por ahí anda Zaplana, que se quedó sin feudo, sin vasallos y que tampoco podrá tener hijos con Rajoy.
Pero no se preocupen. Que hay tiempo y pasta de dientes para todos.

El daño

Me encanta eso de dañar la imagen como argumento de defensa. Mola. Es un artilugio multiusos que sirve para todo. Si denuncias que un tipo anda trincando dinero público, tate, ya estás dañando la imagen; si la cosa es de favoritismos, digamos familiares, lo mismo; y si pones a caldo el urbanismo mediterráneo de última hornada, bueno, eso ya es dañar de verdad con todas las de la ley. Es lo que tiene esta derecha, lo mismo que tuvo aquella izquierda, que a fuerza de restregar el sillón con el culo les parece que todo el trasero es sofá.
Una vez se sobrepasa esa delgada línea, estamos perdidos. Que en este país cada uno es libre de criticar lo que le venga en gana. Y más el asunto de las superurbanizaciones golfísticas que tanto juego están dando y que, en fin, no hace falta ser muy listo para intuir cómo se han tejido y el daño que están causando a la imagen de la Comunidad Valenciana. Por eso mola el argumento, porque es inverso. El que daña acusa al otro de dañar. Como en la vida misma. Eso nos suena a todos, que hay gentes que te arrean un mamporro y luego esperan que les pidas perdón. Conozco yo unos cuantos casos que les pondrían los pelos de punta, pero no me gusta dañar la imagen de nadie que luego me acuse de dañar su imagen; entras en un bucle estúpido y el final acabas beneficiando la imagen de otro que pasaba por allí y se lleva los mejores momentos de tu vida. Bueno, que es un lío.
Ahora, lo que es pensado, está muy pensado el mecanismo. Yo les pongo un ejemplo a modo de metáfora o de lo que cada cual tenga a bien entender. El otro día paso por delante de las oficinas de Marina D´Or en Madrid, en la calle Príncipe de Vergara. Me suena que las inauguraron a bombo y platillo. Me llamó la atención una pegatina sobre el escaparate en la que se advertía que el local ha sido precintado por incumplir alguna normativa. Supongo que carece de licencia de actividad. Como retirar ese aviso es ilegal, graciosamente han puesto a su lado un cartel en el que se dice que aquello está “cerrado por reformas”.
Lo mismo me he pasado haciendo daño.

Despertares

Se avecinan esos días terribles. Cuando parece quedar clausurada la temporada, pululan los niños como moscas una vez llegado el horario estival, y nuestras vidas entran en una especie de modorra comunitarias. Los costeños, al contrario que los osos, pasamos el letargo durante los calores. Nos metemos en un recipiente fresco y si te he visto no me acuerdo.
Se avecinan días terribles por asuntos que nos atañen a todos, seamos de aquí o de allá, y eso nos va a mantener en vilo. Y también días de fiesta. Que ahí es donde somos una potencia mundial. Bueno, no hacemos mal los azulejos y nos salen un montón de naranjas de la tierra. Pero, dicho todo esto, que no es mucho, tal vez no sea nada, no consigo quitarme a Joan Ignasi Pla de la mente. El cerebro tiene esas cosas. Se levanta uno un sábado pensando en eso. Otros días planeas lo que vas a hacer, maldices tu mala memoria porque no encuentras tus calcetines favoritos, se han terminado los cereales con chocolate o se te ha colado una camiseta blanca en la colada de color.
Llevó un par de horas intentando expulsar de mi mente a Pla y el tío se resiste como un campeón. No sé qué hace ahí, ni quién le ha invitado, pero se me ha instalado como un liquen. Y todo porque me pongo en su lugar. Les das el dedo y se te comen el brazo, ya se sabe. En su sitio, lo mejor, es dejar vía libre. Este tedio socialístico es insoportable. Se lo digo, “Joan Ignasi…abandona mi lóbulo frontal”. Pero como si nada. Y le insisto. Entonces me ataca la Escudero con un teléfono móvil chapado de cristales de swarovski mientras Colomer me suelta un rollo sobre la paz y el talante entre las tribus del sur del Indostán donde, por lo visto, son muy apreciadas.
Les digo que de eso no se nada. Que yo estaba tranquilamente esperando la llegada de la hibernación estival costeña y, de pronto, se me ha ocurrido que si yo fuera él me subiría a un tren o a un avión. Pero, vamos, que tampoco tiene el asunto mayor relevancia y no se lo han de tomar como algo personal.
A fin de cuentas, ya estamos acostumbrados a perder el hilo de todas las conversaciones sin que se nos note demasiado.