Volar

Aquí sentado recuerdo a mi tía Manuela, de manos grandes como hombres, recién llegada de cortar maiz con sus trenzas de azabache rotas por una línea clara y el único vestido gris de laborables de una vida sin festivos. Y de cuando se acercaba a la pastelería de la calle del Conde a por dulces para su sobrino más querido recién llegado de un lugar remoto en un avión como los que anuncian en la tele. Y de cuando me decía: Hijo ¿no será arriesgado eso de hacer lo que no sabemos?, que en esta familia nunca voló nadie.



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