Iba a buscar estadísticas, pero decidí que mejor no lo hacía. Dicen poco. O nada. No creo que las cifras sean de ayuda para lo evidente; porque lo cierto es que para millones de niños el simple hecho de escribir, de conocer la escritura, es un lujo. Andan ocupados en la más vital de las necesidades, que es salir adelante unas horas más. Pienso en ellos cuando contemplo estas primeras palabras escritas de mi hija y en la fortuna que encierran estos trazos, similares a otros, limitados, simples, cargados de dudas y de suerte. Ojalá sus palabras sirvan para otros, ojalá las mías también.
Archivo de 2002
primeras palabras | Inés
Libro de la furia | Sweet love
La frontera, el paisaje, el río sacudido por la bruma del alba, la silueta de un pez que asoma, las mujeres por la riba, los respingos de un caballo atacado por las moscas, el terrazo roto comido por la sal y por el paso, un anciano que afina su requinto, el réquiem, el mismo anciano, el mapa de una república perdida, un reproche de enamorados, el negocio con el rémington en el mostrador, los jinetes que suben al mirador, los remos de aquella barca, las columnas de humo que se elevan y se llevan el juicio
los terremotos, la estela de las balas en el aire, una cigüeña, los remaches de la puerta, el remedio de las enfermedades, sus piernas abiertas, el reloj, la guerra relámpago, la de guerrillas, los tullidos en los escalones de la catedral, el resplandor sobre el agujero que abrió una bomba, el reglaje de los amortiguadores de un tanque, la región, el reino, el regalo del abuelo envuelto en su pañuelo, las uñas del gato sobre la uralita, el hilo de agua que enfila la vuelta de la carretera, la cabeza de la estatua
bota, bota mi pelota, el detergente inunda el lavadero, eres cruel, el recalmón de las aguas y los marineros a salvo, el vecino con la cesta de las setas, las bragas tendidas sobre una piedra, un reaccionario, un reactor, el jazmín en las tumbas junto a las imágenes de seres queridos, las fotografías de los muertos, los cimientos podridos de la hacienda, dios cuánto te amé, las tiras de reactivo, las balas del cajón, seamos realistas esto se acaba, la raza, la casta, el dinero, Inglaterra si sigues el curso del petrolero, la raya que se seca, el maiz seco, el jardín de marqués, el golpe a las bestias en el matadero, un rancho de estrella de cine
la radio que moviliza a los civiles, nos hemos vuelto locos todos, que tenga usted un buen día, el raciocinio, la rabiza de la caña cuando pica un salmón, el rabino colgado de la soga, los calamares fritos
¿te acuerdas de mi? ¿piensas en mi?, el olor de tu cuello, el movimiento de la arteria bajo la piel de tu cuello, la ración de pan negro, la fortaleza militar
tengo que hacerme una radiografía del proyectil, el halcón buscando palomas, el motor baja de revoluciones, qué queda, mamá guisa carne con patatas y verduras, el vaso para las flores, la navaja del barbero esquiva una nuez prominente, la rana verde a la que lanzamos discos de metal, los garfios de hierro, los adoquines, las llamas que salen de las ventanas, la ratonera, contar hasta diez antes de correr, refugiarse en los lugares donde ya han caído bombas, el rastrojo permanente de los campos, las linternas de los soldados, mamá hace picadillo para los raviolis
cerrabas los ojos, seamos realistas dijo el capellán ustedes han cometido el peor de los pecados, las islas, el reajuste, el agujero que me lleva y por donde entro, tan profundo, reacio al principio, los juguetes pegados al barro, la mala hierba oculta las butacas del cine y huele a trigo recalentado, el hornillo de calentar la leche, las segundas intenciones, seamos honestos, la recepción ofrecida por el general que vimos en la televisión, la caza, el paraguas en el recibidor, el recogido de tu falda, los recortables de muñecas, el recreo en el columpio, los números al cuadrado, los límites, de eso hablamos en tantas ocasiones, las tuberías, la cocina económica, os habéis regodeado en un placer obsceno, el infierno si sigues, el despacho del alcalde, dar asilo a los refugiados, las regaderas, tu padre subido al camión con las manos atadas a la espalda, tu también, supongo que yo, la reglamentación, las gallinas incubando, el regreso imposible
tus dedos me buscan al otro lado de la rejilla
la reliquia de Santa Elena, si existe
la luz se propaga con independencia del movimiento del cuerpo que la emite, los minerales que arrastran las lluvias, el corte en tu mejilla, tus medias, las tinajas del vino, vámonos a América, el cascarón que remonta las aguas hacia el este, el renglón que escribimos juntos, las mandarinas, un toro que empuja, el teatro de la época, le dio un repente y se marchó, la represalia, el escondite, el miedo, respirar, la sal, el aguardiente con canela
qué decir
qué decir
cuánto te amo
Libro de la furia | narciso amarillo (1)
Ves el montón de basura que ahora eres mientras te asomas a la puerta del barracón. Ves que la vida es sencilla al otro lado de los espinos, donde el perro lame agua del charco. Deseas su pelo y su collar para no sentir remordimientos ni frío en invierno. Limpias lo que queda de tus botas podridas por la humedad y las piedras hasta que descubres que frotas unos dedos insensibles al dolor. Ha llegado el camión, como cada día con el crepúsculo, con montañas de cuerpos apenas envueltos en abrigos, confundidos en la bruma del atardecer, revueltos, descompuestos. Son el montón de basura ante el que encenderías un cigarrillo si pudieras, para reflexionar. Pero, claro, hay que renunciar a tantas cosas a este lado de los muros. Y te tocas, entonces, para comprobar que no has engordado durante los últimos días y que, una vez más, superarás la prueba, una vez más.
Qué extraña forma de vida, ante el montón de basura; cierras los ojos y buscas amparo en el recuerdo del aroma de los eucaliptos de donde vienes, como otros lo intentan recorriendo con la memoria la mujer que amaron y que hace días, semanas o meses, llegó en el mismo camión que ahora deja caer, con un movimiento mecánico de la compuerta, a algunos que fueron y ya no son, que ya no sienten, que no saben que sólo son una imagen borrosa en un cerebro. Pero no te viene el olor de los árboles, ni el de la madre, no te viene el mar, ni aquella tarde sobre la playa de grava. Qué extraña forma de vida. Los soldados se apartan para que cada cual diga unas palabras ante la carne muda de los seres queridos, para que comprueben (es una muestra de piedad) que son sus muertos los que han muerto y no otros, para que reconozcan sus manos y sus pies, sus rostros, sus cabellos pegados con barro. No hay órdenes. No hay culatazos. No hay disparos. Es la hora del silencio, el momento en el que se apagan los sollozos y cada cual se enfrenta a lo suyo. Y te tocas, para comprobar que no has caído de la caja metálica del vehículo que tiembla con el último impulso del acelerador cuando se desliza el último resto, la mujer del largo cabello rubio que recitaba poemas. Huesos sobre huesos, su mano derecha ha quedado en una posición cómica, en un último movimiento que le deja la palma sobre las cejas como si temiera ser deslumbrada ahora que no ve.
Qué te creías, idiota. Si un día de éstos, mañana, vas a caer como ella, con lo que queda de tu abrigo de fieltro acartonado. Pasado mañana, o al siguiente. En el momento en el que menos lo esperes pasarás a formar parte del montón de basura sobre el que husmearán otros, del que te apartarán otros, para ver si bajo tu superficie se encuentra alguien a quien amaron. Y te dejarán, como a la mujer del largo cabello rubio en la fila de los que no tienen nada. Como a ella, te pondrán junto a otro muerto sin dueño frente a la zanja húmeda que será tu nuevo hogar. De igual modo, de mala gana, arrastrarán tus despojos hasta el fondo y en ella te confundirás. Hasta ser más nada que nada. Como haces ahora, que tomas la pala que te dan y te encaminas a la fosa. Como haces ahora, que tocas el faro del camión, como cada día, porque piensas que ese gesto te salvará, porque piensas que perderás la vida si dejas de hacerlo. Cada uno el suyo. Algunos cierran los ojos y rezan, pero tu acaricias la superficie brillante y dejas que la luz atraviese la mano, sin sentir el calor que desprende la bombilla, sin oír el grito del soldado que te llama a ocupar tu lugar junto. Coge la pala, imbécil.
Fumarías un cigarrillo, como él, si pudieras. Para filosofar un poco. Lo encenderías para recuperar la esperanza que huyó de tu casa el día que llegaron los militares, cuando mataron a tu madre por asomarse, cuando mataron a tu padre porque no pudo contener su ira, cuando mataron a tu hermana porque era fea, cuando mataron a tu hermano porque era pequeño, cuando mataron a tu perro porque ladraba, cuando te dejaron a ti sin saber por qué y te hicieron subir a un camión como el que ahora se va, como el que se va todos los días a estas horas, escupiendo un nubarrón negro de gasóleo. Lo encenderías para volver unos minutos antes de aquel día, pero no puedes más que llenar la pala con pequeños montones de tierra que han de ocultar de la vista a la mujer del cabello rubio y a los que, para qué contar, le hacen compañía en el agujero. El número es lo de menos. Ya lo sabes. Estás listo. Cierras los ojos y no ves el brezo de invierno sino el matorral quemado, no ves los brotes del aladierno, ni el romero. Sólo el alambre y las torres de los guardias, el camino con huellas borrosas que conduce a los dominios del perro que tanto envidias, la ruta hacia la montaña incierta bajo cuyos pinos quisieras estar, las letrinas apenas sujetas a una estructura de madera, los rostros que ves si abres los ojos son los que ves si los cierras. Sólo eso, mientras intentas repasar como entonces, como te enseñó tu padre, los nombres de las plantas que ahora abandonan tu pensamiento. Sólo eso, la cola de caballo, el pan de cuco, el clavel de pastor, el cojín de monja, la hierba de la sangre, el emborrachacabras. Sólo el alambre y las torres que iluminan la fosa mientras cae la tierra sobre la carne caliente de alguno que pasó la última noche, sobre la que arrojarías el pequeño narciso amarillo que crece junto al camino, sobre la que arrojas tierra mientras el sargento mira su reloj y dice daos prisa hijos de puta, que hace frío.
No te viene el olor de los árboles pero notas el aliento del hombre junto a la oreja, percibes su calor y sigues llenando la pala con tierra de enterrar en la que no nacen narcisos amarillos, con tierra que cae para tapar y para abrir. Ves el montón de basura en que te has convertido por culpa de no sabes qué causa, el montón apenas dibujado en el suelo que ahora serán tus padres y tus hermanos y te preguntas por qué no puedes encender un cigarro, nada más. Y agachas la cabeza que no has levantado mientras arrastras la planta de los pies hacia la puerta del barracón y dejas la pala en el montón donde se dejan las palas y coges el pico del montón de donde se cogen los picos. Qué extraña forma de vida. Se escuchan los camiones bajando hacia el valle cargados con nuevos huéspedes y los gritos de una mujer a la que están violando detrás del almacén.
Mario
Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas.




